viernes, 20 de mayo de 2016

La Tibieza e Indiferencia de la Costumbre. KIERKEGAARD Sören, Las Obras del Amor



“…el amor inmediato puede cambiar desde sí mismo, puede cambiar en el transcurso de los años, cosa que se ve bastante a menudo. Entonces el amor pierde su fogosidad, su alegría, sus ganas, su originalidad, su frescura; lo mismo que el río, que brincaba entre las rocas de la montaña, más allá languidece en la apatía de la calma chicha, así languidece el amor en la tibieza e indiferencia de la costumbre. ¡Ay!, de todos nuestros enemigos es quizá la costumbre el más taimado; sobre todo, es lo suficientemente taimado como para no dejarse notar jamás, pues quien cayó en la cuenta de la costumbre quedó liberado de ella. La costumbre no es como los otros enemigos que se ven y contra los que uno se defiende luchando; la lucha es en realidad consigo mismo, para desenmascararla. Es como el predador, conocido por su carácter taimado, que furtivamente asalta a los que duermen: mientras le chupa la sangre al durmiente, esparce frescor sobre él haciéndole el sueño todavía más delicioso. Así es la costumbre, o todavía peor; pues aquel animal busca su presa entre los que duermen, pero no cuenta con ningún recurso para adormecer a los despiertos. En cambio, la costumbre sí que lo tiene; se desliza sobre un ser humano y lo duerme, y cuando eso ha sucedido le chupa la sangre, al tiempo que esparce frescor sobre él haciéndole el sueño todavía más delicioso. De esta manera, el amor inmediato puede cambiar desde sí mismo, volviéndose incognoscible, pues al odio y los celos se les conoce a pesar de todo por el amor. De este modo, el ser humano mismo nota alguna vez, como un sueño que pasa de largo y es olvidado, que la costumbre lo ha cambiado; entonces quiere poner de nuevo las cosas en su sitio, pero desconoce dónde ha de ir a comprar el nuevo aceite23 que inflame el amor. Y se desalienta, enfadado y disgustado consigo mismo, disgustado con su amor, disgustado porque éste sea tan miserable como es, disgustado porque él no puede cambiar las cosas, porque, ¡ay!, no prestó atención al cambio de la eternidad cuando estaba a tiempo, y ahora incluso ha perdido las fuerzas para soportar la curación. ¡Oh!, qué triste resulta ver a alguien, que en una ocasión vivió una época de apogeo, ahora empobrecido, pero ¡cuánto más triste que ese cambio es ver al amor trocado en esa cosa casi repugnante! Por contraste, cuando el amor, convirtiéndose en deber, ha sufrido el cambio de la eternidad, entonces desconocerá la costumbre, entonces la costumbre no tendrá poder sobre él. Igual que se afirma de la vida eterna que en ella no hay suspiros ni lágrimas, así también se podría añadir que en ella no cabe la costumbre; y en verdad con ello no afirmamos algo menos magnífico. Si realmente quieres salvar tu alma o tu amor del carácter taimado de la costumbre, no creas, como la mayoría de los humanos, que hay muchos medios para mantenerse despierto y seguro, pues en verdad no hay más que uno: el «has de» de la eternidad.”[1]



[1] 57-58

miércoles, 18 de mayo de 2016

¡Tanto el Qué como el Cómo son Importantes en el Tener! KIERKEGAARD, Sören. Las Obras del Amor



“Aquel que tenga bienes terrenos habrá de ser como el que no los tiene”[1], “por eso, ¿no habrá de ser ello también cierto respecto de lo supremo: poseerlo y ser, sin embargo, como quien no lo posee? Será entonces esto cierto. De ninguna manera. No nos engañemos mediante la pregunta, como si fuera posible poseer lo supremo de ese modo. Meditemos rectamente y resultará una imposibilidad. Los bienes terrenos son lo indiferente, y por ello enseñan las Escrituras que, de poseerlos, se posean como lo indiferente; en cambio lo supremo no puede ni debe ser poseído como lo indiferente. Los bienes terrenos son una realidad en el sentido exterior, por eso se los puede poseer y al mismo tiempo y a pesar de ello ser como aquel que no los tiene; mas los bienes del espíritu se hallan solamente en lo interno, lo son solamente en la posesión, y por consiguiente no se puede, si realmente se poseen, ser como aquel que no los posee; al revés, si uno es alguien así, entonces justamente no se poseen. Si alguien piensa que tiene fe, pero es indiferente respecto a esta posesión, ni frío ni calor, entonces puede estar seguro de que tampoco tiene fe. Si alguien piensa que es cristiano y, sin embargo, le es indiferente serlo, entonces la verdad es que tampoco lo es. ¿O qué diríamos de un ser humano que asegurara estar enamorado, y añadiera que esto le es indiferente?”[2]



[1] 1 Corintios 7, 29-31
[2] pag. 46

"¡Qué Diferencia!" KIERKEGAARD, Sören, Las Obras del Amor




“¡Qué diferencia entre aquel juego de fuerzas del sentimiento y del instinto y de la inclinación y de la pasión, en una palabra, de la inmediatez, aquella gloria de la poesía, cantada en sonrisa en lágrimas, en anhelo o en añoranza, qué diferencia entre esto y la seriedad de la eternidad, de la prescripción, en espíritu y verdad, en sinceridad y abnegación! Pero la ingratitud humana, ¡ah!, ¡qué flaca es su memoria! Porque lo supremo se le ofrece hoy a cada cual, se lo toma como si fuese nada, no se le saca ningún gusto, ni siquiera hacerse eco de su cara condición, justamente como si lo supremo perdiera algo por el hecho de que todos tienen o pudieran tener lo mismo”[1]

miércoles, 11 de mayo de 2016

"Cómo se equivoca el que...




(pulsa el enlace del título del libro para leerlo completo)

“…cómo se equivoca el que da el nombre de amor a lo que es ligera condescendencia, da el nombre de amor a lo que no es sino depravada blandenguería, o unión dañina, o conducta vanidosa, o vinculaciones del enfermo de sí, o sobornos del lisonjeo, o pareceres del instante, o relaciones de la temporalidad.”[1]


[1] pag. 24

martes, 10 de mayo de 2016

KIERKEGAARD, Sören. Las Obras del Amor




ORACIÓN

“¡Cómo podría hablarse rectamente del amor si Tú fueras olvidado, Tú, Dios del amor, de quien procede todo amor en el cielo y en la tierra!; ¡Tú, que no escatimaste nada, sino que lo entregaste todo en el amor!; ¡Tú, que eres amor, de suerte que el amoroso solamente es lo que es siendo en Ti! ¡Cómo podría hablarse rectamente del amor si Tú fueras olvidado, Tú, que revelaste lo que es amor, Tú, nuestro Salvador y Redentor, que te entregaste a ti mismo para redimirnos a todos! ¡Cómo podría hablarse rectamente del amor si Tú fueras olvidado, Tú, Espíritu del amor, Tú, que no tomas nada de lo que es Tuyo, sino que evocas aquel sacrificio del amor y le recuerdas al creyente que ame como es amado, y al prójimo como a sí mismo! Oh, amor eterno, Tú, que estás presente, y jamás sin testimonio, en todas partes donde eres invocado, no dejes tampoco sin testimonio lo que aquí se hable acerca del amor, o bien acerca de las obras del amor. Es verdad que sólo a ciertas obras el lenguaje humano llama de una manera especial y mezquina obras de caridad1; pero, desde luego, en el cielo sucede que no puede cobijarse ninguna obra que no sea una obra del amor: ¡sincera en abnegación, una necesidad del amor y, precisamente por ello, sin pretensión de ser meritoria"!![1]



Las Obras del Amor. Sören Kierkegaard



[1]  página17 Ediciones Sígueme, Salamanca. 

martes, 19 de abril de 2016

El Extraviado en lo Trivial. (KIERKEGAARD, Sören; Tratado de la Desesperación)



 "...pero la falta de espíritu es también desesperación. Carente de toda orientación espiritual, el filisteo permanece en el dominio de lo probable, donde lo posible encuentra siempre un refugio; el filisteo no tiene de este modo ninguna probabilidad de descubrir a Dios. Sin imaginación como siempre, vive en una cierta suma trivial de experiencia sobre la marcha de los acontecimientos, los límites de lo probable, el curso habitual de las cosas, ¡y qué importa que sea vendedor de vinos o primer ministro. De este modo el filisteo ya no tiene ni yo ni Dios. Pues para descubrir al uno u al otro es necesario que la imaginación nos sustente por encima de los vapores de lo probable, nos arranque de ellos y, haciendo posible aquello que sobrepasa la medida de toda experiencia, nos enseñe a esperar y temer o a temer y esperar. Pero la imaginación del filisteo no puede hacerlo, no quiere hacerlo, lo detesta. Aquí, pues, no hay remedio. Y si la existencia le ayuda a veces a golpe de horrores, yendo más allá de su trivial sabiduría de loro, desespera, es decir que entonces se ve bien que su caso era desesperación y que le falta lo posible de la fe para estar en condiciones de salvar su yo de su pérdida segura, mediante Dios. Fatalistas y deterministas, sin embargo, tienen la suficiente imaginación para desesperar de lo posible, y bastante posible para descubrir en ellos su ausencia. Pero al filisteo lo trivial le tranquiliza y su desesperación es la misma, marche todo bien o mal. Fatalistas y deterministas carecen de posible para suavizar y aquietar, para atemperar la necesidad; y ese posible que les serviría de atenuación, falta al filisteo como un reactivo contra la ausencia de espíritu. Su sabiduría, en efecto, se vanagloria de disponer de lo posible y haber encerrado su inmensa elasticidad en la trampa o en la estupidez de lo probable; cree haberla captado y nuestro filisteo la pasea en la jaula de lo probable y la muestra a la ronda y se cree su dueño, sin pensar que él mismo se ha cautivado de ese modo, se ha hecho esclavo de la estupidez y el último de los parias. Y en tanto que aquel que se descarría en lo posible lleva la audacia de la desesperación, y que quien no cree más que en la necesidad, desesperado se crispa y se magulla en lo real, el filisteo, en su estupidez, triunfa." p. 62-63

Los Perdidos en el Fatalismo o Determinismo. (Kierkegaard, Sören, Tratado de la Desesperación)



“Carecer de posible significa que todo se nos ha hecho necesidad o trivialidad. El determinista, el fatalista son desesperados que han perdido su yo, puesto que para ellos no existe más que la necesidad. Les sucede la misma aventura que a aquel rey que murió de hambre porque sus alimentos se transformaban en oro. La personalidad es una síntesis de posible y de necesidad. Por lo tanto, su duración depende, como la respiración (respiratio) de una alternancia de aliento. El yo del determinista no respira, pues la necesidad pura es irrespirable y asfixia fácilmente al yo. La desesperación del fatalista consiste en haber perdido su yo, habiendo perdido a Dios; carecer de Dios es carecer de yo. El fatalista no tiene Dios, o dicho de otro modo, el suyo es la necesidad, pues siéndole todo posible, Dios es la posibilidad pura, la ausencia de necesidad. Por consecuencia, el culto del fatalista es a lo sumo una interjección y, por esencia, mutismo, sumisión muda, impotencia para rogar. Rogar es todavía respirar, y lo posible es al yo como el oxígeno a nuestros pulmones. Así como no se respira el oxígeno o el nitrógeno aislados, tampoco el hálito de la plegaria se alimenta aisladamente de posible o de necesidad. Para rogar es preciso un Dios o un yo -y lo posible”.[1]



[1] P.60-61